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Epitafio para una palmera
Cuando era pequeño, 6 ó 7 años, e iba caminando hasta la escuela de Juanita, en el San Bartolomé de mediados de los sesenta, la palmera ya era bastante grande. Siempre me llamó la atención porque su tronco delgado era capaz de sostener en lo alto aquel cogollo que explotaba en un alarde de verdor. Por aquella época no había ni una sola casa en la parte derecha del camino. Era un camino, no una calle. No había aceras, no había asfalto, ni cables colgando, ni farolas. No había coches. La chiquillada iba y venía a la escuela sin compañía. No había delincuentes, violadores, pederastas.
El jable se amontonaba bajo el muro y al otro lado un gran enarenado que alguna vez vi plantado de batatas. Junto al enarenado, un aljibe que sobresalía del nivel del camino en un par de metros. Y en la esquina del aljibe, la palmera, majestuosa. A sus pies moría la “cuesta de Dionisio” y cuando llovía se hacía un gran charco que aprovechábamos los chinijos para enfangarnos adecuadamente. Más allá de la palmera, en dirección a “los grupos” ( como llamábamos a la escuela), estaban tierras secas donde se plantaban lentejas o algún cereal.
Poco a poco, a traición, llega el progreso. El camino se hizo calle y en las tierras de cultivo crecieron adosados. Una bolera, dos supermercados, más apartamentos al otro lado de la calle, coches y más coches. En fin, lo que mandan los tiempos. Y la palmera se mantuvo erguida, sobrepasando con creces al mamotreto que construyeron a su lado gracias a sus más de diez metros de altura. Ya no se hacen charcos cuando llueve porque, entre otras cosas, parece que ni llueve. Pero cuando lo hace, las aguas pluviales se entremezclan bajo tierra con las aguas negras en el alcantarillado. Luego reaparecen en forma de fuente asquerosa unos cientos de metros más abajo, mezcladas con papel higiénico y otras basuras que tiramos al retrete. Pero, como decía antes, es el progreso que nos arrolla. El único vestigio del pueblo de mi infancia y del de mis padres era la palmera. Todo lo demás desapareció bajo el asfalto y engullido por el cemento.
Hace un par de semanas, durante las navidades, paseaba a pie como suelo hacerlo de cuando en cuando por las calles que me vieron crecer y de pronto noté que algo no iba bien. Como cuando llegas a tu casa y no sientes la presencia de tu familia pero sabes que tendrían que estar allí. Pasó un ratito hasta que me di cuenta de lo que faltaba. La palmera. En su lugar, un tocón. El progreso en forma de sierra acabó con ella.
Calculo que tendría más de cien años. Cien años siendo testigo altanero del acontecer de un pueblito que pierde cada día su identidad. Debía de molestar a alguien. La palmera estaba antes allí pero eso no importaba. Nadie veló por su integridad. A nadie le debió parecer rentable trasplantarla a otro sitio. Ni al ayuntamiento, ni al cabildo. Simplemente se ordenó su tala y se acabó. Ojalá se actuara tan fulminantemente con los políticos indeseables y se les pusiera en su casa cuando no estén a la altura.
Pues nada, mi pueblo sigue creciendo. Cada día más adosados, más asfalto, más cemento, más políticos torpes en todos lados y aquella palmera canaria tan espectacular yacerá en cualquier vertedero como símbolo de a donde va a parar un pueblo que no respeta su herencia cultural y natural.
Jesús M. de León Tabares.
San Bartolomé
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